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Nuestra Señora de la Merced: libertad desde la dignidad y la misericordia
En la celebración realizada en la Iglesia de La Merced, en el Casco Antiguo, el arzobispo de Panamá recordó que la justicia no puede convertirse en venganza.
Por Administrador
Publicado en 25/09/2026 06:47
NOTICIAS IGLESIA

En la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, la Iglesia en Panamá puso su mirada en las personas privadas de libertad, sus familias, las víctimas de delitos y quienes acompañan pastoralmente a quienes cumplen una condena.

Durante la Eucaristía celebrada este 24 de septiembre en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, en el Casco Antiguo de Panamá, monseñor José Domingo Ulloa, OSA, arzobispo de Panamá, centró su homilía en la dignidad de toda persona y en la posibilidad de la conversión y la reinserción.

Una de las frases que marcó su reflexión fue:

“El privado de libertad pierde su libertad, pero nunca pierde su dignidad.”

El arzobispo explicó que una persona puede haber cometido un delito y encontrarse cumpliendo una condena, pero esa situación no elimina su condición de ser humano ni su dignidad como hijo de Dios.

La reinserción necesita

  • Educación y capacitación.
  • Oportunidades de trabajo.
  • Acompañamiento psicológico y espiritual.
  • Reconciliación familiar.
  • Comunidades dispuestas a acoger.

Justicia sí, venganza no

Durante su homilía, monseñor Ulloa hizo una precisión importante: hablar de misericordia hacia las personas privadas de libertad no significa desconocer el daño causado ni ignorar a las víctimas.

Recordó que quienes han sufrido un delito tienen derecho a ser escuchados, acompañados, protegidos y reparados.

“La justicia es necesaria, pero la justicia no puede convertirse en venganza”, afirmó.

Desde esta perspectiva, la responsabilidad por los actos cometidos debe mantenerse, pero sin reducir a una persona únicamente al delito que cometió.

“Ningún ser humano puede ser reducido al peor error de su vida”, expresó.

Para el arzobispo, esta mirada también interpela la manera en que la sociedad se refiere y se relaciona con quienes están en prisión. Detrás de cada reja, señaló, existe un nombre, un rostro y una historia.

La cárcel también alcanza a las familias

Monseñor Ulloa recordó que las consecuencias de una privación de libertad no recaen únicamente sobre quien cumple una condena.

Madres que recorren largas distancias para visitar a sus hijos, esposas que sostienen solas sus hogares e hijos que crecen esperando el regreso de su padre o madre forman parte de una realidad que muchas veces permanece fuera de la mirada pública.

“La cárcel nunca encierra solamente a una persona; muchas veces sus consecuencias alcanzan a toda una familia.”

En este contexto, destacó la labor de la Pastoral Penitenciaria, que busca acompañar tanto a las personas privadas de libertad como a sus familias.

Para monseñor Ulloa, cuando un agente de pastoral entra a un centro penitenciario, escucha sin juzgar, lleva la Palabra de Dios o ayuda a una persona a reconciliarse con Dios, consigo misma y con los demás, se está haciendo presente el mensaje del Evangelio.

Una segunda oportunidad también requiere oportunidades reales

Otro de los puntos centrales de la homilía fue la reinserción social.

El arzobispo planteó una pregunta: ¿qué ocurre con una persona cuando termina de cumplir su condena?

Explicó que existen cadenas que pueden permanecer incluso después de que se abran las puertas de una cárcel: la dificultad para conseguir empleo, la falta de confianza, el rechazo social o el hecho de continuar siendo identificado únicamente por aquello que hizo en el pasado.

Por ello, señaló que la reinserción requiere oportunidades concretas.

La reinserción necesita

  • Educación y capacitación.
  • Oportunidades de trabajo.
  • Acompañamiento psicológico y espiritual.
  • Reconciliación familiar.
  • Comunidades dispuestas a acoger.

“Una sociedad verdaderamente humana también debe preguntarse qué sucederá con la persona cuando haya cumplido su condena”, expresó.

La conversión como camino de esperanza

El mensaje de la celebración también estuvo marcado por la posibilidad de cambiar.

Monseñor Ulloa recordó que el Evangelio presenta historias de personas que recibieron una nueva oportunidad. Mencionó a Pedro, quien negó a Jesús; a Pablo, perseguidor de los primeros cristianos; y al llamado “buen ladrón”, quien, en el momento final de su vida, recibió de Jesús la promesa del paraíso.

“Si creemos en el Evangelio, tenemos que creer en la conversión.”

Para el arzobispo, esta convicción debe llevar a la sociedad a preguntarse si realmente cree que una persona puede cambiar y reconstruir su vida.

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